“Pensar la ciudad”, El Argentino (edición Rosario), 22-07-14.

Por Sebastián Artola.
Los clubes de barrio de nuestra ciudad llevan adelante una enorme tarea casi en soledad y a pulmón.
El esfuerzo diario de familias y grupos de vecinos permite el sostenimiento de más de 350 clubes, a lo largo y ancho de Rosario, que sólo algún éxito deportivo o evento excepcional hace visible a los ojos de las autoridades políticas o los medios de comunicación.
El mundial de fútbol fue un claro ejemplo de esto.
Ahí nos enteramos de que muchos de los jugadores de nuestra selección, antes de llegar a los grandes clubes de la ciudad, para después irse rápido al extranjero, dieron sus primeros pasos en clubes de barrio.
Es el caso de Di María que salió del Club El Torito, en el barrio El Churrasco; del propio Messi que jugó en el Club Grandoli, en la zona sur; o de Lavezzi que surgió en Coronel Aguirre de la vecina ciudad de Villa Gobernador Gálvez.
Los clubes de barrio desarrollan una acción social y educativa imprescindible, sobre todo en zonas de la ciudad atravesadas por necesidades de todo tipo, promoviendo una práctica deportiva desde los primeros años que logra funcionar como un semillero de jugadores, sin el cual es difícil pensar la condición de “grandes” de los clubes más importantes de la ciudad.
La realidad de un barrio que tiene un club a uno que no, cambia de modo radical en términos de integración y forma en que se dan las relaciones sociales.
Pero lamentablemente el reconocimiento dura poco y no se traduce en un acompañamiento por parte del Estado que permita el fortalecimiento de estas instituciones.
Todo bien con que la intendenta Mónica Fein se saque una foto en el mural de homenaje a Di María en El Torito, pero desde el municipio debería hacerse algo más por los clubes de nuestra ciudad.
Mientras las oportunidades son concentradas por quienes manejan los clubes más grandes y las penas quedan en los más chicos, desde el Estado provincial y local poco aporte se hace a un diseño que distribuya de modo más justo los recursos (materiales y técnicos), promoviendo un desarrollo deportivo equilibrado. 
Si esta es la realidad del fútbol, ni que hablar de aquellos clubes donde se practican deportes amateurs.
El deporte es un derecho  y no un negocio al que sólo pueden acceder los que tienen los recursos para hacerlo. Y los clubes de los barrios, por estar metidos en el corazón mismo del tejido social, cumplen una tarea primordial en la formación de los niños y niñas, en la inclusión, en la promoción de lazos solidarios, en la connivencia comunitaria, en el derecho de cada joven a soñar y a construir un proyecto de vida digno.
Un Estado que garantice el derecho al deporte es un desafío imprescindible para el desarrollo integral de una comunidad, y éste tiene que empezar por el fortalecimiento y promoción de los clubes de barrio.