“Pensar la ciudad”, El Argentino (edición Rosario), 07-04-14.

Por Sebastián Artola (*)
Mientras hacía cola para pagar unos impuestos, un señor cercano a los sesenta años empezó a insultar contra el país, la inseguridad y los “negros”. “Hay que matarlos a todos” arengaba, todo culpa de la “yegua que nos gobierna”, “esto en otros países no pasa” repetía, proponiendo “no pagar los impuestos”. En la fila no éramos más de seis o siete. Como vio que hablaba sin mucho eco sobre el resto, le pregunta al más cercano buscando complicidad, “¿Y vos qué opinas?”. Y éste le responde: “Y porqué no se va del país”. Medio descolocado por la respuesta, de alguien que tendría algunos años menos que él, me mira y me pregunta a mí: “¿Y vos, qué opinas?”. Y le digo: “Yo a mi país lo quiero”. Enfurecido, me dice: “A vos porque nunca te robaron, no te pasó nada”. Sólo alcancé a decirle que sí me habían robado, pero no por eso tenía que compartir las cosas que decía y que por ahí no pasaba la solución… después fue imposible agregar algo más.
Todos alguna vez (o más de una) hemos estado en una situación parecida. La pregunta que uno se hace es siempre la misma: ¿Qué explica la ira, el odio, el prejuicio, la violencia verbal (a un paso de la física) y la intolerancia que anida en algunos sectores de nuestra sociedad?
Lo primero que hay que dejar bien en claro es que no todos piensan de esta manera, pese a que algunos así lo quieran presentar. De ser así, estaríamos al borde de la desintegración social. Los más de treinta años desde la recuperación democrática y la mayoritaria concurrencia a la hora de votar lo demuestran. Los fallidos intentos de desestabilización en estos últimos diez también. La gran mayoría ha dejado claro querer vivir y convivir bajo el marco común que habilita la democracia y el respeto al estado de derecho.
Pero tanto es el estímulo y la amplificación interesada que se les da desde los medios hegemónicos de comunicación que, por momentos, parecen muchos, logrando efectos de repetición y consecuencias concretas en la vida cotidiana.
Los linchamientos protagonizados por grupos de personas en estos días son un doloroso ejemplo de esto. Las 24 horas de machaque comunicacional, sensacionalista y frívolo, sobre cada hecho de inseguridad, construyen una cultura del miedo y la permanente desconfianza hacia el otro, donde la única salida posible parece ser el ejercicio de la violencia personal o social.
A quienes lo estimulan, medios concentrados pero también políticos que actúan como voceros de los mismos, poco les interesa la solución al problema real de la inseguridad. Por el contrario, con el culto al odio no hacen más que profundizar los marcos que explican las tramas profundas sobre las que se despliegan los delitos y su violencia.
Promueven la idea de indefensión y de una sociedad librada a su suerte, mientras demonizan cada avance del Estado, añorando los tiempos donde el mismo se arrodillaba ante los negociados privados y el poder económico.
Hablan de “inseguridad” como tema excluyente, pero se oponen a un Estado que busca  ampliar  derechos, rechazando la democratización del Poder Judicial, la reforma del Código Penal, la necesaria transformación de las policías provinciales y las políticas públicas que crean trabajo, fortalecen el mercado interno e incluyen a los sectores más humildes, achicando las desigualdades de nuestra sociedad.  
Lo dijimos y volvemos a repetir, más y mejor Estado es el camino. Y agregamos: una comunidad que se construya sobre el amor y no el odio es su posibilidad.
(*) Licenciado en Ciencia Política. Docente de la UNR. Miembro del Foro Rosario para Todos.