“Pensar la ciudad”, El Argentino (edición Rosario), 05-05-14.

Por Sebastián Artola.
En Rosario hay 150 jóvenes entre 16 y 18 años procesados por venta de drogas. La mayoría fueron detenidos en “búnkers” o en sus cercanías. Casi el 70% de los homicidios de los últimos años tienen como víctimas a varones de entre 15 y 35 años, mientras que la mitad son menores de 25 años.
La realidad de los pibes de los barrios más humildes es uno de los rostros bajo los que se presenta la violencia en nuestra ciudad y exige un debate sincero y profundo. Lamentablemente, buena parte de la dirigencia política local y de los representantes de la “sociedad civil” miran hacia otro lado o repiten conocidas estigmatizaciones.
Lo primero que debemos hacer es dejar de verlos como un “problema” en sí mismo, frente a los cuales sólo cabe endurecer leyes, promover medidas de encierro y disciplinamiento, como ahora el servicio militar obligatorio, suerte de apartheid social y generacional. La realidad muestra que la institucionalización produce reincidencia, potencia la violencia y profundiza la desafección respecto a la sociedad.
Reconocer que la realidad de los más jóvenes nos interroga a todos y a los modos en que venimos construyendo el lazo social, dando cuenta de una sociedad que los expulsa, invisibiliza, no los escucha o, en su reverso, los usa y esclaviza, es un paso imprescindible.
La violencia que atraviesa nuestra sociedad lejos está de agotarse en el “soldadito”. Algo de esto muestra el hecho de que los homicidios en Rosario no hayan disminuido pese a la intervención de las fuerzas de seguridad nacional, más allá de una fuerte baja en los delitos más simples, como robos o arrebatos.
La conformación de una subjetividad violenta en nuestra sociedad es la pregunta a responder. Y acá entran realidades que van desde el “soldadito”, los modos de resolución violenta de conflictos o discusiones menores entre familiares y vecinos, hasta los “linchamientos” que se dieron hace pocos meses.
La matriz represiva y la connivencia impúdica con el delito de las policías provinciales; un Poder Judicial como garantía de impunidad, resistente a su democratización; Estados locales y provinciales sujetos a los negocios de unos pocos, mientras niegan a parte significativa de los ciudadanos derechos elementales, servicios públicos y condiciones mínimas de vida; sociedades fragmentadas, desiguales y modelos de pertenencia e identidad en base al consumo de bienes materiales; un mercado de drogas que mueve millones en nuestra ciudad, comprando voluntades y lavando el dinero en el boom inmobiliario o en grandes emprendimientos comerciales; medios de comunicación que alimentan una cultura del miedo y la permanente desconfianza hacia el otro, bajo un tratamiento sensacionalista y frívolo de los hechos delictivos; son algunas de las piezas que moldean las prácticas violentas en nuestras sociedades.
Avanzar en las transformaciones institucionales que esperan desde hace más de treinta años; profundizar una democracia donde nos reconozcamos como pares en la diversidad, la pluralidad y la diferencia; garantizar el derecho a una vida digna; construir respuestas desde el protagonismo colectivo; recrear una subjetividad comunitaria, fundada en la dimensión humana, hacen a la posibilidad cierta de transitar un horizonte esperanzador para todos y todas.

(*) Licenciado en Ciencia Política. Docente de la UNR. Miembro del Foro Rosario para Todos.